jueves, 30 de diciembre de 2010

Soledad

Siempre me ha gustado estar sólo. Al principio no era algo que hubiera elegido yo, pero no me importaba. Con los años me fui dando cuenta de que no me gustaba estar con nadie, que prefería estar sólo y tranquilo. Cuando estas sólo no haces daño a nadie, y tampoco te hacen daño a ti. No tienes responsabilidades, no tienes que preocuparte en que hacer algo le pueda molestar a alguien... En definitiva, eres mas libre.

Después, llegaste tú. En realidad te fui yo a buscar, pero en ese momento no podía ni imaginar lo que iba a pasar. He descubierto lo que es estar acompañado. He descubierto lo que es estar contigo. Y me gusta. De todas las cosas que me gustan, estar contigo es probablemente la número uno de la lista. Es irónico que me haya hecho falta ver que no estas para darme cuenta de la falta que me haces, pero creo que pasa bastante a menudo. “No te das cuenta de lo que tienes hasta que lo pierdes”, dicen. Quizá sea verdad. Y es por eso por lo que no quiero perderte. Desde el día después de que te marcharas he notado como me falta algo. Quién iba a decirme a mi que acabaría siendo de esos gilipollas que escriben tonterías ñoñas. No es nada fácil estar aquí sin ti. No es nada fácil estar sólo. No desde que te conocí.

Siempre me ha gustado estar sólo. Ahora me gusta más estar contigo.

domingo, 10 de octubre de 2010

De teclados, problemas y memorias

Le cuento mis problemas al teclado. Bajo las teclas esconde mis secretos. Quizá sea él al único al que se los puedo contar con la seguridad de que no me delatará, de que no me dará consejos absurdos, de que no intentará ayudarme. Permanece en silencio, transformando mis pulsaciones en letras sobreimpresionadas en la pantalla de un ordenador que está a punto de echar humo. Quizá se esté quedando sin memoria. A lo mejor es su manera de decirme que no le interesa una mierda lo que le cuento, o de pedirme que lo siga haciendo, al calentarse y no dejar que apoye las manos sobre él.

Lo cierto es que he volcado en su memoria los detalles de la mía para, supongo, no olvidarlos. Curioso que sean los mismos recuerdos que cuando leo me traen a la cabeza más problemas. Más secretos. Un círculo vicioso de problemas y secretos que a su vez crean nuevos. Entonces, ¿por qué sigo escribiéndolos?

Puede que dentro de unos años la tecnología avance, y mientras esté escribiendo más problemas, una voz robotizada y con forma de “Clip” de Windows me diga: “¿Pero tú eres gilipollas? Llevas diez años contándome tus mierdas porque no eres capaz de confiar en nadie, no eres capaz de mantener una relación con nadie, tienes miedo de obtener respuestas”; y, acto seguido, un brazo mecánico salga de encima del monitor y me dé un puñetazo en la boca. Ya sabes, “una ostia a tiempo quita mucha tontería”, y quizá sea verdad.