domingo, 10 de octubre de 2010

De teclados, problemas y memorias

Le cuento mis problemas al teclado. Bajo las teclas esconde mis secretos. Quizá sea él al único al que se los puedo contar con la seguridad de que no me delatará, de que no me dará consejos absurdos, de que no intentará ayudarme. Permanece en silencio, transformando mis pulsaciones en letras sobreimpresionadas en la pantalla de un ordenador que está a punto de echar humo. Quizá se esté quedando sin memoria. A lo mejor es su manera de decirme que no le interesa una mierda lo que le cuento, o de pedirme que lo siga haciendo, al calentarse y no dejar que apoye las manos sobre él.

Lo cierto es que he volcado en su memoria los detalles de la mía para, supongo, no olvidarlos. Curioso que sean los mismos recuerdos que cuando leo me traen a la cabeza más problemas. Más secretos. Un círculo vicioso de problemas y secretos que a su vez crean nuevos. Entonces, ¿por qué sigo escribiéndolos?

Puede que dentro de unos años la tecnología avance, y mientras esté escribiendo más problemas, una voz robotizada y con forma de “Clip” de Windows me diga: “¿Pero tú eres gilipollas? Llevas diez años contándome tus mierdas porque no eres capaz de confiar en nadie, no eres capaz de mantener una relación con nadie, tienes miedo de obtener respuestas”; y, acto seguido, un brazo mecánico salga de encima del monitor y me dé un puñetazo en la boca. Ya sabes, “una ostia a tiempo quita mucha tontería”, y quizá sea verdad.

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